Editorial
Pablo Da Silveira
Las mayorías suelen ser buenas defensoras de sus propias libertades políticas. Eso se debe, entre otras cosas, a que esas libertades tienen una alta visibilidad. Si un gobierno elimina el derecho al sufragio o suspende el funcionamiento de los partidos políticos, el impacto será tan tremendo que generará reacciones inmediatas.
Las mayorías suelen ser algo menos vigilantes de sus propias libertades civiles. Es frecuente que los gobiernos perforen los límites de la vida privada, erosionen la seguridad jurídica o afecten la integridad de los contratos sin despertar demasiada resistencia. Al menos en sociedades con tradiciones como la nuestra, sólo las violaciones flagrantes a las libertades civiles movilizan a las mayorías. Cuando, en el año 1984, el presidente socialista Francois Mitterrand quiso eliminar la enseñanza privada en Francia, se produjeron las mayores manifestaciones desde mayo del 68. No sólo protestó la oposición, sino mucha gente que había votado a la izquierda. El gobierno comprendió el mensaje, retiró la iniciativa y nunca más volvió a hablar del tema.
Pero la historia enseña que las mayorías pueden ser malas defensoras de las libertades (tanto políticas como civiles) de quienes quedan en minoría. No sólo los dictadores son peligrosos en este sentido.
Cuando Sócrates fue ejecutado en la antigua Atenas, la decisión fue tomada por un tribunal de 501 ciudadanos elegidos al azar. Ese grupo razonablemente representativo de la opinión ateniense decidió ejecutar a Sócrates por no creer en los dioses en los que creía la ciudad. Dicho de otro modo: en la muy democrática Atenas, la mayoría negaba la libertad individual de definir las propias convicciones religiosas.
Cuando Hitler llegó al gobierno en Alemania, no lo hizo mediante un golpe de estado sino como resultado de elecciones. Entre 1932 y 1933, los votantes alemanes le dieron tres veces la mayor bancada parlamentaria. Y ciertamente no lo hicieron por ignorancia. El programa político de Hitler incluía ataques a las libertades civiles y políticas de varias minorías, la más notoria de las cuales era la judía. De esta larga experiencia histórica se derivan dos conclusiones importantes.
La primera es que, cuando queremos evaluar el grado de respeto a las libertades que existe en una sociedad, el mejor método consiste en atender a las minorías. Es relativamente fácil gozar de libertades cuando uno forma parte de la mayoría, ya sea porque los gobiernos no se atreven a enfrentarla o simplemente porque las preferencias masivas tienden a imponerse como norma. Pero la cuestión es gozar de amplias libertades cuando uno discrepa con la mayoría, cuando se dedica a una actividad mirada con poca simpatía desde el gobierno o cuando está fuera de la protección de las grandes corporaciones.
La segunda conclusión es que los apoyos electorales masivos no son una excusa para que los gobiernos dejen de respetar las libertades políticas y civiles de quienes quedan en minoría. Un gobierno amigo de la libertad debe respetar a todos los ciudadanos, sin que importe el tamaño de la mayoría que lo sustente.
Libertades y mayorías
09/Nov/2010
El País; Pablo Da Silveira; 09/11/10